La elección de Dau Chamatt no tiene por qué asombrarnos

¿Por qué asombrarnos?

No me adentraré en cifra alguna sobre encuestas, percepciones o sondeos previos a elecciones en países de América Latina, Colombia, y en particular, en algunas de sus ciudades y departamentos, sólo trataré de ocuparme de los resultados, y en especial al inexplicable asombro que los mismos nos producen, olvidándonos que los mismos, por una u otra causa, obedecen a un esquema pendular originado, posiblemente, en el nivel de satisfacción o insatisfacción de los gobernados.

Nos asombramos cuando muchos países de América Latina viraron hacia gobiernos de izquierda, pero de igual manera nos asombramos cuando esos mismos pueblos se devolvieron eligiendo a gobernantes de derecha, por lo que debemos preguntarnos ¿qué pasó para que eso ocurriera? ¿o por qué asombrarse si tanto unos como otros dieron motivos suficientes para tal viraje o esquema pendular de gobiernos?

Actualmente, Colombia es gobernada por un Presidente que, aunque no sea diametralmente opuesto a los Acuerdos de Paz, no es que comparta muchos de los puntos pactados en el mismo, y es obvio; y no hay por qué asombrarse, porque desde un principio, y las banderas con que fue elegido, fueran esas, las de no compartir mucho de lo acordado en La Habana. Así, en este sistema pendular ganaron los que hasta se atrevieron a decir que “harían trizas” el Acuerdo de Paz.

Recordando un poco, cuando después de varios intentos, en 1998, el conservador Andrés Pastrana en segunda vuelta derrotó al liberal Horacio Serpa, obviamente no había por qué asombrarse; el desgaste del mentor de Serpa, el ex presidente Ernesto Samper por el proceso 8.000 no era para menos, y lógicamente no había por qué asombrarse.

Cuando Álvaro Uribe asumió por primera vez como presidente de Colombia en el año 2002, lo logró porque había un pueblo que clamaba seguridad, un pueblo que clamaba al Estado garantías ciudadanas, ya que el anterior gobierno, el de Andrés Pastrana, poco o nada había hecho por responder a estas necesidades.

De nuestras vecindades, un buen ejemplo de la reciente historia política es Turbaco, un bello municipio con más carencias que abundancias, un municipio que al igual que el Distrito de Cartagena ha venido siendo coptado por monopolios financieros, muchos de ellos inmersos en la corrupción, y que, en esta ocasión por segunda vez, con la elección del ex combatiente Guillermo Torres, ha expresado en las urnas su voluntad de deshacerse de los abusos; lo que también, antes, y por casualidad, con un humilde conductor de bus también de apellido Torres, Santiago, liberó a Turbaco, por cuatro años, de las cadenas que en esa época lo oprimían.

En esta ocasión, independiente de causas partidistas que pudieron vencer o pudieron ser derrotas, la verdad es que lo visto, lo ocurrido en estas elecciones en Cartagena, es la espontánea manifestación de un pueblo del cual hacen parte los que hoy se conocen como la nueva ciudadanía, esos jóvenes y estudiantes que despertaron y tomaron la decisión de ser deliberantes y tomar parte activa en los asuntos de la ciudad.

Lo sucedido este domingo en Cartagena con la elección de su nuevo alcalde no tiene por qué asombrarnos. Es producto del sistema pendular de los gobiernos a los que me he venido refiriendo. Es un pueblo, que independiente a la calidad de persona derrotada, fue la expresión contra el hastío subido “hasta la coronilla” contra los cuestionados clanes políticos y politiqueros que adhirieron al candidato vencido; pero así mismo, la ciudadanía espera por parte del elegido el cumplimiento de sus propuestas y promesas, y que el péndulo, en las próximas elecciones no vuelva al sistema que la ha oprimido.

Finalmente, nada hay de que asombrarnos.

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