El futuro incierto de los huérfanos de Guerra

Max Solorzano es un gringo que se quedó a vivir en Medellín con un propósito: no se va hasta construir una casa para más de 50 niños que por la violencia se quedaron sin padres.

En algún pueblo de Colombia, de aquellos sin pavimentar, que parecen solo figurar en el mapa de la guerra esta sentado Joshua, en la calle, llorando desconsolado. En sus ojos brilla la desesperanza como casi todos los días mientras espera a María, su mamá, una joven de 16 años víctima de abuso sexual por parte de su padre desde que tenía 10 años, que sale cada día a trabajar para poder alimentar a su hijo. Joshua tiene que permanecer solo, extrañándola, porque no tienen más parientes a quien acudir. Están solos.

Estas desgarradoras historias que se viven a diario en Colombia desde hace más de 50 años, pero fue suficiente para cautivar a Max Solorzano, un turista norteamericano que lleva varios años recorriendo el mundo y decidió establecerse en Medellín para ayudar a quienes están solos. Los huérfanos del conflicto armado colombiano.

Max llegó a Colombia hace tres años cuando una prima lo invitó a la feria de las flores. Entre las personas que conoció destaca una gran amiga suya, Andrea Aguilar, quien fue la que le insistió para que viniera a la ciudad de la eterna primavera y quien más lo ha apoyado. “Eso fue hace tres años y acá estoy, yo pasó los años viajando pero siempre vengo a Medellín  por lo menos cinco meses. Ahorita estoy viviendo acá. Esta es la primera vez que pasó en un lugar tanto tiempo y aquí me voy a quedar hasta que termine este proyecto”.

Su proyecto llamado A “HOME” a sanctuary for forgotten Orphans (Un “HOGAR” un santuario para huérfanos Olvidados) se basa en recaudar fondos para construir una casa que albergue a 50 niños huérfanos de la Misericordia Medellín, una fundación sin fines de lucro que le da hogar a niños y niñas de todo el país desde hace 20 años. Max conoció la organización por un amigo de ascendencia coreana que también estaba de visita en Medellín.

Va a visitarlos dos o tres veces por semana, los acompaña al colegio, los lleva al parque y les ayuda con las tareas. Con el pasó de los días se fue ganando su confianza y empezó a conocer las historias que hay detrás de cada uno de los 23 niños y niñas que hoy están a diario en la organización. “Yo me enamoré, quedé asombrado”. Entonces hizo su primera brigada en Puerto Libertador, Córdoba donde conoció a Joshua.

Las historias de estos niños del hogar Misericordia le han enseñado lo afortunado que es. “Lo que  más me ha impactado es la historia de los niños, porque yo ignorante cuando era chico pensaba que era pobre pero no, estos niños no tiene mamá, papá, hermanos, no es que no tienen, se los quitan, me entiendes” y empieza a relatar las historias que le cuentan los niños cuando está con ellos. Uno vio como la guerrilla mataba a su madre cuando tenía ocho años, otro vio como su padre asesinaba a su madre y después se suicidaba y recuerda cuando le contó la historia “sentía su voz temblar, sus ojos aguados, y me impactó, este niño para mi era el más feliz” y continua relatando “yo le pregunté: ¿tu que eres tan alegre, tan feliz y tienes eso por adentro? Y el me respondió: Max, yo soy el héroe, el más feliz para todos los niños, pero cuando yo estoy solo, cuando voy a dormir, es cuando yo lo pienso, ahí es cuando me impacta, cuando lloro”.

Max comenzó haciendo asados, fiestas y hasta partidas de póquer en su casa y ponía una alcancía al lado de una pared con fotos de los niños y los voluntarios del hogar para que la gente se animara donar. Pero cada vez se necesitaba más plata en menos tiempo. Entonces creo una pagina web  (www.youcaring.com/nonprofits/a-home-a-santuary-for-forgotten-orphans/101085) con la intención de reunir 15 mil dólares para restaurar una casa que le donaron a la fundación para los 23 niños que hasta ahora hacen parte del proyecto y otros más que llegaran para el año siguiente y sumaran 50 en total.

“La directora ya va a cumplir como 20 años con ellos y la han secuestrado como 8 veces, la fundación es independiente, todos son voluntarios o misioneros, como la directora que vive allí y comparte el cuarto con otras 4 personas. Nadie gana un sueldo”.

La fundación fue creada por Enith Díaz, cuenta Cilia, voluntaria de la fundación y sobrina de Enith. El proyecto nació porque su tía veía la necesidad “pues si nadie se encarga de esto yo me encargo -dijo- y  se lanzó hace casi 35 años. Comenzó con los niños de la calle y ahora con los hogares va a cumplir 20 años” relata Cilia de lo que motivó a su tía. Ademas de los niños, una vez a la semana salen a repartir chocolate con pan y a hablar y aconsejar a los habitantes de la calle, los drogadictos y las prostitutas de Guayaquil, un sector del centro de la ciudad. También, tres veces al año hacen brigadas de salud a zonas vulnerables, como a la que asistió Max en Puerto Libertador.

De las brigadas de salud es donde resultan los niños que luego llegan a vivir al hogar en Medellín. “Traemos a los niños y empezamos un trabajo integral con ellos, les damos educación, alimentación, vestido, salud. Recibimos niños a partir de 3 años pero el proceso sigue hasta que terminen su bachillerato y cumplan la mayoría de edad, pero si ellos se quieren quedar con nosotros se puede. Hay unos que no tienen donde ir, no tienen familia -cuenta Cilia y añade- la labor va más allá de solo un techo, alimentación y educación. Tener aquí niños solo para darles comida no. Si no vamos a darles afecto no vale la pena tener niños. Aunque nadie puede ocupar el espacio de papá y mamá pero por lo menos intentamos jugar el papel”.

Entre los niños son como hermanos. Es solo entrar a la casa y verlos jugar juntos, ver televisión, compartir los juguetes, ir al parque o ayudarse entre ellos a hacer las tareas. “A Max los niños lo quieren mucho, es como un papá, nosotros lo amamos” dice Cilia. Y es así, apenas entra a la casa todos sonríen y se lanzan sobre el para abrazarlo. Los más pequeños quieren que los cargue, quieren jugar y mostrarle todo lo que son capaces de hacer. Hacen carreras en el corredor, se trepan en las vigas del patio, cualquier cosa es valida para que el los vea, los felicite o los aconseje.

Cuando se necesitan voluntarios para la construcción, Max va a todos los hostales que conoce en Medellín para invitar a otros viajeros a solidarizarse con la causa. También muestra su pagina web a todos sus contactos en todo el mundo, sobre todo a sus ex compañeros del ejercito norteamericano, así poco a poco va recaudando los 15 mil dólares que tiene como meta para invertir en la restauración de la casa. Por ahora, dos semanas después de haber creado la pagina acumula $2517 dólares.

“Lo importante es tener una casa donde descansar, donde llegar siempre. Si estos niños no tienen esto entonces a donde van?  Yo no me voy de aquí hasta no terminar la casa”. Es la promesa de Max.

Al salir de la casa suena el teléfono, Cilia se devuelve a contestar. A los pocos segundos reaparece encogiendo los hombros con una expresión de angustia que intenta disimular con una tímida sonrisa. “Era la inmobiliaria” dice.